lunes, 3 de abril de 2017

El docente no lo puede todo (ni ha podido nunca)

"El maestro (o profesor, no recuerdo) ya no lo sabe todo". Esa oración aparecía por mi línea temporal de Twitter como una revelación, como si los docentes no supiéramos ya -valga la redundancia- que no lo sabemos todo. Sabemos, eso sí, que hay potentísimos agentes distribuidores de información, que en los últimos veinte años han proliferado y que encuentran en internet su espacio lógico más allá de lo físico. Y si algún docente no lo ha percibido, es preocupante, para él o ella y sobre todo para sus alumnos. Ese no es el tema, entiendo yo. 
Evidentemente, la escuela ha perdido el monopolio del saber, si alguna vez lo tuvo. Muchos autores han descrito la época gloriosa de la educación, ejercida casi como un sacerdocio laico en favor de la incorporación de las generaciones jóvenes al mundo de la alfabetización y el pensamiento abstracto. Y esa imagen ha calado entre el profesorado aun cuando ya no podemos hablar en esos términos, puesto que en educación, hoy, no se construye desde cero, sino que se van superponiendo capas de materiales distintos, y no se trabaja aisladamente, sino que se comparte el espacio, los alumnos, incluso a veces el tiempo escolar. 
À l’école. Dins la sèrie de postals: France en l’an 2000. XXIème siècle.
(Atrib. a J.M.Côté, 1901). Font: Wikimedia Commons. En http://lab.cccb.org
Competir con internet es una locura propia del Quijote. Creo que esta idea necesita poca argumentación. Pero internet es un océano, y como buen espacio abierto, contiene de todo, bueno y malo, sublime y pésimo. También lo sabemos. El ludismo educativo, que ha existido siempre, vive sus horas más bajas: pocos se oponen abiertamente a coexistir con la información disponible a un clic. Ciertamente, los apóstoles de la vuelta atrás son incansables, pero van más por otros derroteros: cerrar la escuela a los padres, recuperar la pedagogía tradicional... De hecho, se puede trabajar como siempre usando las TIC en clase, como ya hemos visto tantas veces.
No hacer caso de la red supone, generalmente, una renuncia que no nos podemos permitir si queremos que nuestro alumnado entienda lo que ocurre. Y competir con la cantidad de recursos disponibles, también para educación, a base de fichas o de fotocopias, es la lucha de David contra Goliat (en este caso, ganaría la lógica, me temo). Otra cuestión es que todo se pueda hacer desde la red, en el aula. Y ahí entran los materiales didácticos, que han de ser diversos, variados y relevantes. ¿Cumplen los materiales que usamos en el aula estos requisitos? Esa sí es la pregunta adecuada. Incluir recursos en red -sean documentos, actividades, blogs- es un síntoma de normalidad.
Se ha dicho, y es verdad, que la escuela lleva retraso con respecto a la realidad social. Un cierto retraso es necesario, para valorar la calidad de lo que se ofrece. Pero si el retraso se convierte en atraso, mal vamos. Decía Heike Freire que la escuela, el aula, prescinde de lo más motivador para los niños: la realidad. Y es una reflexión muy acertada. Siempre me sorprende que cualquier elemento que se lleve al aula -unas pesas, una balanza, una botella con agua para comprobar las equivalencias entre litros y cuartos de litro, por ejemplo- capta el interés del alumnado, al menos en primaria.
El profesor no lo sabe todo. Me parece más preocupante que el profesor no lo pueda todo: no puede con la indiferencia, en ocasiones, de familias sin ninguna expectativa académica sobre sus hijos; no puede con la indolencia que se ha instalado, como un hilo musical malsano, en grandes sectores de la sociedad; no puede con las exigencias curriculares que cambian constantemente y que crean cierta indefensión metodológica en el profesorado: ahora por competencias, ahora por estándares, después volveremos a los contenidos... y todo llega ya hecho, decidido, acordado, para que el docente lo aplique sin comprender demasiado. Resultado: tantas veces nos refugiamos en lo que ya sabemos, en la rutina, en las seguridades didácticas que nos quedan. Pero nuestros alumnos viven en 2017. Y claro, se produce el desfase. Cada vez antes. Puedo dar fe de ello.

2 comentarios:

  1. Se trata sencillamente de ser conscientes de nuestra ignorancia, de cómo se expande a medida que sabemos más y de que nuestro sistema educativo debería basarse en ello; en la gestión inteligente del desconocimiento. Y esta gestión podría partir de un axioma muy sencillo: el más sabio es aquel que tiene más enigmas por resolver.
    http://www.otraspoliticas.com/educacion/saber-y-desconocer/

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  2. Tengo la suerte de trabajar con gente muy joven y algunos también con un largo recorrido en sus mochilas. Y hay algo que nos une a todos: hemos descubierto que ya no aprendemos cada uno de forma individual, sino que es el tiempo de que la escuela también tiene que aprender cómo institución. Gracias, una vez más, Salva por tus reflexiones, siempre valiosas.

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