viernes, 13 de julio de 2012

¿Qué formación para qué profesorado?

La formación permanente del profesorado es un tema que se puede considerar desde muchos enfoques: su utilidad inmediata, su validez a largo plazo, la capacidad para modificar las prácticas que llevamos a cabo en el aula, su planificación global más o menos coherente... Todos estos aspectos tienen su relevancia, y conforman una realidad compleja, cambiante, fluctuante, si se me permite la expresión.
Hoy en día podemos hablar de una formación descentralizada. Es cierto que, en muchas comunidades autónomas, los centros de formación, bajo diversas denominaciones, siguen ejerciendo una función de oferta formativa más o menos amplia. Históricamente, los Movimientos de Renovación Pedagógica, que también albergan gran diversidad en sus filas, han sido una alternativa válida para quien tenía inquietud por innovar. Por último, fenómenos como las universidades de verano y los encuentros de profesorado interesado en temas concretos, como las TIC, la atención a la diversidad, las necesidades educativas especiales... se han consolidado como espacios de formación útiles y válidos para el conjunto de docentes. Y no me refiero sólo a lo estrictamente académico, que tiene su importancia, sino a la socialización, confrontación de puntos de vista, enriquecimiento personal que pueden llevar implícitas tales convocatorias.No hemos de olvidar otra modalidad más, que puede dar buenos frutos y además, de manera más o menos inmediata: la formación en centros, supervisada por asesores de los centros del profesorado. Este aprendizaje entre iguales tiene, sin duda, muchas ventajas, siempre que su objetivo sea la mejora de la práctica docente del centro, o su organización.
Tal cantidad de oportunidades para la formación habría de conducir a una selección personal, a configurar un itinerario formativo que cada docente recorrería en función de sus intereses, posibilidades temporales, nivel en que ejerce su trabajo... Por oferta no será. No hace falta mencionar que, hoy en día, la formación a lo largo de la vida, traducción del long-life learning anglosajón, es una condición indispensable para todos, también para los docentes. Se acabó la división entre tiempo de estudio y preparación para el trabajo, por un lado, y ejercicio profesional, por otro. Zygmunt Bauman, que ha impartido un curso en Santander, como ya hemos comentado en otro post, indicaba que la única manera de hacer frente a la incertidumbre en educación era la formación a lo largo de la vida.
La continuidad en el puesto de trabajo, que los funcionarios tenemos asegurada por ley, no es motivo para no formarse: considerar lo contrario es tener una idea diminuta de la formación continua, y me atrevería a decir que del propio ejercicio de la profesión docente, cuando tantos cambios estamos viviendo en el conjunto de la sociedad. Formarse por obligación, para acceder a los complementos económicos tales como sexenios, es una triste manera de hacerlo, cuando se puede optar por tantas alternativas.
Me gustaría hacer una reflexión sobre qué se busca en los cursos de formación; aparte de la acreditación de asistencia, que pertenece más al ámbito del funcionariado. Tradicionalmente, el profesorado ha ido buscando recetas educativas que pudieran ser aplicadas en el aula con relativa facilidad. La desconfianza de gran parte de los maestros y profesores hacia la teoría pedagógica ha reafirmado esta práctica: se pedían recetas, es decir, técnicas y procedimientos para mejorar la eficacia de la enseñanza. Esta manera de proceder, siendo comprensible, otorga al profesorado una visión empobrecida de su trabajo, encerrándole en el aula, y configura un concepto restringido de práctica pedagógica y de profesionalidad, en palabras de José Gimeno Sacristán.(1)
Hoy en día, sin desdeñar ni rechazar la necesaria actualización metodológica, de técnicas y procesos didácticos, hace falta ir más allá, dotando al profesorado de un bagaje de conocimientos en el campo sociocultural que nos permitan entender mejor a nuestros alumnos, sus circunstancias familiares y sociales, el mundo en que viven y que, en algunos aspectos, desconocemos. La semana pasada hice una pequeña ponencia sobre la cultura mosaico en l'Escola d'Estiu del MRP en Castellón, y justamente incidí en la necesidad de entender para educar; de otro modo, se forma sin entender, y los resultados difícilmente pueden ser satisfactorios, ni para el alumnado, ni para los docentes. Podríamos seguir hablando de otros aspectos, ya que la formación permanente, como hemos dicho, tiene muchas caras, y es imposible abordarlar todas en un solo artículo.
Para concluir, consideramos un error analizar la relación entre inversión en formación y resultados a corto plazo: parece ser que esta relación, para la Comunidad de Madrid, justifica la drástica reducción de centros de fomación de profesores que ha sufrido el sistema educativo madrileño. Está claro que, para la señora Fígar, consejera de Educación madrileña, los recortes bien entendidos empiezan por eliminar CEP. El mensaje que se transmite es que la formación permanente no es relevante, lo que importa es dar clase (versión apañátelas como puedas, eso sí). Otro hecho que, según la opinión de los dirigentes conservadores, no tiene repercusión en la calidad educativa. Aquí, lo único que parece influir en la calidad es que se queme el colegio, o se inunde, y no puedan abrir las puertas: todo lo demás, carece de importancia.

(1) Docencia y cultura escolar, J. Gimeno. Lugar Editorial, Buenos Aires, 1997. Página 101.

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